Archivo de la categoría: Terapia

Liberación de Energía. Terapeutas de Cuento XX

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Era la tercera sesión de pareja y había pasado entre gritos, reclamos e insultos. Cada comentario de algo que había sucedido en la semana era seguido por un: “sí, pero tu también hiciste…”, que conforme se fueron agotando los sucesos entre una y otra cita escaló hacia el pasado distante, hacia quejas que de tan añejas casi podían oler a podrido, que de tanto coraje acumulado hacían sentir el aire pesado y el tiempo muy lento.

Entonces, cuando los insultos empezaron a dirigirse a la identidad de cada uno de ellos, cuando comenzaba a aparecer el odio, afuera del consultorio comenzaron a escucharse perros ladrando y aullando, hasta acumularse lo que parecían cientos de ellos, al punto que él y ella tuvieron que callarse porque ya ni gritando se podían escuchar. Luego, se presentó un silencio que se sintió muy profundo, aunque seguramente duró muy poco, y antes de que pudieran volver a discutir, o de que yo pudiera realizar una intervención, comenzó a temblar.

Fueron sólo unos segundos, pero todo el consultorio se cimbró. Las ventanas vibraron, el candelabro se agitó y, mientras sostenía mi taza, antes de que les pidiera que saliéramos con calma, ellos se tomaron de la mano y se miraron a los ojos, después de que en las sesiones anteriores no había logrado que lo hicieran. Para entonces el sismo ya no se sentía, y antes de que dejaran de tomarse de las manos y mirarse, les dije: “a veces la tierra necesita liberar mucha energía antes de volver a acomodarse, quizá eso es lo que les hacía falta a ustedes, ¿están listos para reconstruir su relación?”

GLM

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La Velocidad de la Entropía. Terapeutas de Cuento XIX

Otoño

Ese día la asesoría con mi maestro se estaba transformando más bien en un momento para descargar todas mis frustraciones. Había un par de casos en los que me sentía estancado, por cuestiones estacionales la consulta estaba baja y para colmo ese día me había quedado sin gas, por lo que me había tenido que bañar con agua helada. Él dejó que hablara y hablara mientras ponía todo listo en su cafetera para servirnos un par de espressos y, cuando los cafés estuvieron listos y yo hice una pausa para agradecerle el mío, comenzó a decir:

— Recuerdo que una vez tuve en consultoría a un físico que llegó quejándose de la velocidad de la entropía– Notó que hice una mueca y antes de que pudiera decir algo continuó, — sí, yo tampoco entendí que quería decir con eso y entonces comenzó a decirme cómo en los sistemas lo más natural es la tendencia al desorden, y que las posibilidades de este desorden, que elegantemente se llama entropía, en un sistema cerrado tienden al infinito, mientras que las del orden son muy pocas, a veces sólo una. Vamos, en pocas palabras me dijo que en un sistema cerrado es mucho más sencillo que todo se fuera al carajo y, para terminarla de poner peor, de manera muy rápida. Que esto era una verdad absoluta y uno se encontraba peleando una y otra vez contra eso. Le dije que yo no me identificaba peleando contra la entropía todo el tiempo, y obviamente me comentó que eso se debía a que desconocía el concepto, pero que con él se podía explicar fácilmente porque las cosas en la vida de las personas más fácilmente se ponen a marchar mal que a marchar bien.–

–Como ya te imaginarás–, continuó, –le pregunté si me estaba hablando de la demás personas o si me estaba hablando de su vida en específico. A lo que respondió que así se sentía él y que tener en cuenta ese concepto le hacía pensar que todo esfuerzo era inútil, pues aún si conseguía cualquier avance lo más probable era que todo se volviera a estropear en cualquier momento. Entonces yo le hice un par de preguntas más: esto es lo que pasa en un sistema cerrado, ¿cierto?, a lo que respondió afirmativamente con la cabeza, ¿qué sucede cuando el sistema es abierto? Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos y me dijo que cuando un sistema se abría las posibilidades cambiaban, que eso hacía que el sistema cambiara y que cambios continuos podrían hacer que la entropía no llevara al sistema a un caos total, a una degradación final, por lo menos teóricamente. Entonces le dije ¿cómo te puedo ayudar para que tu sistema se abra?, y ahí fue cuando empezamos el trabajo verdaderamente–

Como en muchas ocasiones antes, mi mentor guardó silencio, cerró los ojos para oler profundamente su café y comenzó a tomarlo pausadamente. Yo hice lo mismo con el mío y comencé a pensar cuáles eran los cambios a los que tenía que abrirme yo para detener a la entropía en mi vida, o por lo menos bajarle un poco de velocidad.

GLM

 

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Terapeutas de Cuento XVIII. Falsas Dicotomías.

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Después de apagar el video de la sesión sobre la que quería que mi maestro me asesorara le dije: Ya no sé que es mejor, si trabajar con las ideas y las creencias de las personas o centrarme en las relaciones y los comportamientos que los contextos favorecen.

Mi maestro cerró el cuaderno de notas en el que atentamente había escrito varias notas mientras observaba la sesión en perfecto silencio, hizo una pequeña pausa en la que aprovechó para acomodarse los lentes y después me dijo:

-¿Qué te hace pensar que actúas en una u otra área? Es cierto que las intervenciones y las preguntas se suelen centrar en uno de los dos puntos de lo que en este momento mencionas como dicotomías, pero eso no quiere decir que una parte no toque a la otra. Muchas veces es más la teoría del terapeuta la que lo ciñe a uno u otro aspecto, otras es el estilo de la persona, pareja o familia, pero lo más importante para mí es no quedarse atrapado en lo que podría ser una falsa dicotomía, ¿por qué hacerlo? Si es por comodidad, con el tiempo sólo atenderás casos que respondan favorablemente al estilo que elegiste, pues esos casos tendrán mejores resultados y te irán refiriendo a más personas que tengan ese tipo de acercamiento a la vida. Si es por pureza teórica, ese tipo de casos terminarán por convencerte cada vez más. A mi me gusta más adaptarme a la situación y buscar soluciones diferentes a las intentadas, a veces me centro en la interacción y los comportamientos precisamente porque el problema se ha tratado de resolver en la dimensión de las ideas, las creencias y las palabras; otras, me centro en la manera en que las personas han encuadrado un comportamiento y busco como se pueden construir diferentes marcos de interpretación basados en lo que las personas piensan, dicen y hacen.

Hizo una pausa para tomar un poco de su café y después de saborearlo comentó:

-¿Has pensado en cambiar de lugar tu silla para que puedas captar con tu visión periférica tanto tu librero como el espejo unidireccional?

GLM

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Los Sentimientos Como Propiedades Emergentes.

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La frase de la imagen que encabeza esta publicación me parece sumamente interesante, podría decir incluso que me resulta bastante potente. ¿Por qué?, pues precisamente porque presenta la posibilidad de entender los sentimientos como algo que sucede entre la gente, por su interacción, como una propiedad emergente de un sistema, es decir, como algo más que la suma de las partes de un conjunto. No es que la idea sea novedosa, desde hace mucho tiempo se dice en la terapia familiar que cambiando las interacciones no sólo cambian los resultados, sino que cambian también los sentimientos en un sistema. La cuestión está en que vivir los sentimientos como algo que pasa entre la gente, por su interacción, podría darles un carácter un poco más comunitario o social, cambio de enfoque que quizá podría ayudar en algunos casos a generar cambios.

Por el momento dejaré esta idea en desarrollo, para buscarle más aplicaciones en terapia y otros contextos relacionales en los que participo. Quizá aquí hay una veta interesante para armar algo similar a aquella propuesta que hablaba de la gramática de los sentimientos.

GLM

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Terapeutas de Cuento XV. El Plan Maestro

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Sabía que tendría una semana con algunos casos complicados, supongo que eso pasa cuando uno participa mucho en los talleres de las especializaciones y maestrías, o cuando uno se presenta como voluntario para cuanto caso simulado y casos a revisión surgen en grupos de estudio. Así que decidí pedirle una asesoría a mi maestro el lunes temprano. Pasé a su consultorio y, mientras preparaba un café para cada uno de los dos en su hermosa DeLonghi, pude ver que en su escritorio tenía tres hojas en las que estaba escrito el mismo nombre de una familia. Yo iba a pedirle asesoría sobre su forma de preparar los casos, quería conocer más a detalle cuál era su manera de construir un plan de acción, así que no me importó ser poco discreto y le pregunté: “¿son estos tres planes posibles para atender a una familia?”. Me miró fijamente mientras me pasaba la taza con lo que parecía un delicioso espresso, se dió la vuelta para tomar su taza, observó por un momento su café, después acercó su nariz mientras cerraba los ojos, bajó la taza un poco y, aún con los ojos cerrados, bebió un trago de su café. Volvió a abrir los ojos, su mirada se clavó en mi y dijo: “Sí, son tres escenarios posibles para la siguiente sesión con esa familia.” Después de decir eso, volvió a tomar de su café mientras caminaba a la silla que ocupaba cuando estaba en sesión.

“¿Siempre hace tres planes para la sesión con cada caso?” Pregunté. Después de hacer una pequeña mueca, algo parecido a una sonrisa algo triste, respondió: “A veces hago más, en raras ocasiones hago sólo uno.”  Pensé que sin querer habíamos llegado justo a eso que yo buscaba ese día. –“¿Cómo hace para llegar a ese plan maestro, al plan exacto para el caso?” Soltó una carcajada y, cuando terminó, me dedicó una amable sonrisa. –“No creo que haya un plan maestro. De hecho, cuando sólo hago un plan, o cuando sólo me planteo un escenario, que es como prefiero pensarlo, me siento con más incertidumbre. Casi nunca se dan los escenarios tal cual los pensé, eso sólo pasa en las ficciones, pero claro que sirven, pues me dan ideas y me ayudan a sentirme preparado. Pero la intervención correcta, esa aparece en el momento, y rara vez es sólo una intervención la que resuelve un caso. Además, muchas veces cuando hago seguimiento y pregunto por aquello que más ayudó a que se resolviera la situación, me dicen algo totalmente distinto a lo que yo esperaba.”

Terminé mi café, le pedí prestados algunos libros y después nos pusimos a conversar sobre nuestras familias.

GLM

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Terapeutas de Cuento XIV. Los que Buscan Explicaciones.

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Le pregunté a mi Maestro: –¿Qué es peor que las barracudas?– Haciendo referencia al concepto de Joel Bergman de esas familias y pacientes que van de terapeuta en terapeuta demostrando que nadie puede con ellos.

-No sé si son peores, o si podrían clasificarse como otro tipo de barracudas, y es que no me encanta ponerle tipologías a quienes me consultan- comenzó a decir mi maestro -pero sí me llaman mucho la atención los que llegan buscando explicaciones- continuó -esos que generalmente llevan por lo menos un proceso terapéutico y que además se han leído cuanto libro de autoayuda ha caído en sus manos o se ha puesto de moda. Esos, lo que generalmente quieren encontrar son justificaciones.

¿Qué hay que hacer con ellos?– Pregunté.

Después de un breve silencio, sonrió y me respondió: -¿Quieres que te explique o que te enseñe cómo hacerlo?-

GLM

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Terapeutas de Cuento XI. ¿Puede cambiar la gente?

Abre la Puerta

He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado eso en terapia. La pregunta muchas veces tiene que ver con una persona que sabe que ha hecho daño porque ha visto el dolor en los ojos de alguien que alguna vez quiso, que quizá todavía quiere. A veces es algo más racional, pues dice que aunque no comparte el mismo punto de vista moral, sabe que para esa persona lo que hizo estuvo mal. También están los que dicen que sus acciones tuvieron consecuencias no esperadas, y que estas no tuvieron nada que ver con sus intenciones. Luego están aquellos que no pueden controlar su forma de actuar, muchas veces por una adicción, otras por un problema de desajuste químico que les fue diagnosticado, otras por un contexto que no les deja salida.

Lo curioso es que esa misma pregunta me la he encontrado en el ámbito empresarial, la mayoría de las veces desde un dueño que pregunta por uno de sus empleados, pero también desde algunos que saben que han tomado decisiones demasiado arriesgadas o que son conscientes de que terminan siendo esa caricatura del empresario rico y la empresa pobre.

Siempre hago una pausa antes de responder. Generalmente les pregunto directamente: “¿tú quieres cambiar?”. Muchas veces terminan las sesiones, ya sean de terapia o asesoría, y término preguntándome yo mismo: “¿quiere cambiar la gente?, ¿puede cambiar la gente?”. Si no creyera que sí, probablemente ya no haría esto. Si yo pudiera cambiar, quizá no vería al siguiente paciente.

GLM

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¿Cobrar por síntoma curado?

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Dejando un poco de lado las dudas epistemológicas sobre si es conveniente decir que se hace terapia y pensar que se cura algo, me parece interesante abordar la sensacional provocación que hace muchos años lanzó Jay Haley: “Un buen terapeuta debería de cobrar por síntoma curado”. La idea pone de manifiesto su postura sobre el nivel de responsabilidad que desde su punto de vista tiene un terapeuta, es el encargado de provocar o favorecer un cambio con una serie de estrategias e intervenciones realizadas en el contexto terapéutico. Si bien es cierto que comparto la idea de que el terapeuta tiene gran parte de responsabilidad en lo que ocurre en el contexto terapéutico, tengo múltiples dudas sobre el cobro por síntoma curado (¿eliminado o diluido?):

  1. ¿Cobramos igual sin importar el tipo de síntoma? ¿Es lo mismo eliminar una adicción, detener ideaciones o intentos de suicidio que detener un problema de enuresis?
  2. ¿Se cobra cuando la cura es evidente para todos?
  3. ¿Quién determinará que el síntoma está curado?
  4. ¿Por qué no cobrar por el impacto de salud provocada? Quiero decir, si uno ayuda que un alto ejecutivo de una compañía venza a la ansiedad que no le permitía tener los mejores resultados, ¿cuánto vale esto para el ejecutivo y la empresa?

Sin duda hay que conversar sobre este tema y sobre el valor de este tipo de servicios. Quizá hay mejores ideas que los que ya trabajamos en esto no vemos de momento, ¿ustedes qué piensan’

GLM

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¿Cómo dejamos de sembrar Emergencias?

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Tanto en el contexto de terapia familiar o individual, como en las consultorías organizacionales, he podido observar que las emergencias no siempre “emergen”, muchas veces se van gestando por una serie de pequeñas acciones que hicimos o dejamos de hacer. Claro que ver esto es mucho más sencillo a posteriori, una vez que la emergencia ya está o en la puerta o cuando pudimos hacer algo para resolverla. Lo terrible es que muchas veces esas emergencias son repetidas y escaladas, es decir se vuelve a hacer o no hacer aquello que sabíamos que generaba problemas pero ahora el problema se presenta más grande y a veces hasta nos encuentra con menos recursos.

La pregunta que surge cuando esto se presenta suele ser: ¿por qué hacemos esto? El problema es que ésta pregunta nos lleva a explicaciones que no necesariamente frenan o bloquean la construcción o el “sembrado” de emergencias. De hecho el párrafo anterior es una de las explicaciones posibles y aunque al leerlo digas: “es cierto, yo a veces hago eso”, eso no implica necesariamente que dejemos de hacerlo. Pues sí, uno sólo cosecha lo que siembra. ¿Cómo dejamos de sembrar emergencias? Ese es precisamente el punto, que aunque puede haber generalidades en los patrones de comportamiento que seguimos para ello, la forma de desactivarlos depende de particularidades y no sólo implica fuerza de voluntad o conocimiento. Si así fuera, quizá la forma más sencilla de obtener un cambio sería haciendo algo diferente, ¡lo que sea! ¿No sabes qué hacer distinto?, ¿no sabes sí lo que estás pensando es realmente distinto? Pues es tiempo de buscar ayuda, que en principio eso ya puede ser algo distinto. ¿Es fácil?, no. ¿Vale la pena?, por supuesto, sobre todo si esas emergencias sembradas se están acercando cada vez más a punto de no retorno.

GLM

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Terapeutas de Cuento VI. Un Buen Comienzo.

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Usted comprenderá que un ministro de la orden no puede ir con sus colegas a contarle sus problemas, ¿se imagina? Seguramente empezarían a tratarlo a uno de forma distinta, bueno, en realidad eso sería lo de menos, el problema real sería que cometieran la indiscreción de contar EL problema.

– ¿Cuál es el problema?

He perdido la fe. Así de simple y así de complicado. Ya no le encuentro sentido a las escrituras, mucho menos a lo que digo. Además, si de casualidad se me ocurre algo un poco inteligente, luego resulta que ya lo dijo alguien más y de mucho mejor forma. De los ritos mejor ni hablamos, ya ni siquiera puedo fingir entusiasmo, me siento en una mala obra de teatro. ¿Qué hago?

– ¿Qué hacemos? Yo pensaba que la fe mueve montañas…

¡Válgame Dios!

¡Bien! Ese es un buen comienzo…

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