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Terapeutas de cuento VIII. Frente a los miedos.

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Un viejo maestro nos dijo un día que si nuestros pacientes nos daban miedo, era mejor que aprendiéramos karate o algún tipo de defensa personal. Lo que no dijo fue cómo nos íbamos a enfrentar ante más tipos de miedos que el de ser dañados físicamente. Es cierto, temer que un paciente traiga pistola es complicado; que te diga que la dejó en el auto, tampoco es sencillo, pero “se soluciona” convirtiéndolo en política del tratamiento: prohibido entrar al consultorio con pistola. No, los miedos personales son mucho más difíciles, y esos son los que se enfrentan más frecuentemente, pues no es poco común encontrar historias que perfectamente hubieran podido ser la nuestra si hubiéramos tomado una decisión diferente en tal o cuál momento de nuestra vida. También están aquellos casos en dónde la situación que vemos es muy parecida a la nuestra, quizá demasiado.

Pero no deja de ser emocionante estar frente a los miedos, sentir como se quieren mover del paciente hacia uno, como empiezan a tocarnos, a veces empezando por las piernas otras como un escalofrío en la espalda, para después ser uno el que les toma la mano y los deja sentados para que vean que ya no están dentro de nadie, y ponerlos después dentro de un expediente, o de un cuento, dónde son ya la historia de lo que fue y ya no será.

GLM

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Archivado bajo Ficción, Terapeutas de Cuento

Terapeutas de cuento.

Aunque el blog ha sido hasta ahora un espacio de opinión es momento de que le abra un espacio a la ficción. Quizá era algo inevitable que empezara con un cuento sobre terapia, y lo más seguro es que ponga algunos más pues no es tan raro que se me ocurra una historia sobre terapeutas. Lo que es importantísimo decir es que son ficciones, que no tienen que ver con ningún caso que esté llevando, que para hablar de ellos hay que tener un consentimiento escrito y eso probablemente nunca suceda en este espacio, sino en alguno más especializado; ahora sí que cualquier parecido con la realidad (¿alguna realidad?) es mera coincidencia.

 

En ese tiempo todavía creía que las mejores intervenciones eran como estocadas, directas, rápidas, muchas veces inesperadas por el paciente (¿adversario). Así que fui preparando el terreno para lo que según yo sería la pregunta que facilitaría la solución: “¿no será que tus problemas para dormir tienen que ver con tu miedo a enfrentar tus sueños?”. No estaba preparado para su respuesta: “no, a lo que yo le tengo miedo es a despertar a una realidad distinta”. Entonces desperté, ya no pude dormir esa noche, tampoco pude encarar la terapia de la misma manera.

 

GLM

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