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Terapeutas de Cuento XV. El Plan Maestro

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Sabía que tendría una semana con algunos casos complicados, supongo que eso pasa cuando uno participa mucho en los talleres de las especializaciones y maestrías, o cuando uno se presenta como voluntario para cuanto caso simulado y casos a revisión surgen en grupos de estudio. Así que decidí pedirle una asesoría a mi maestro el lunes temprano. Pasé a su consultorio y, mientras preparaba un café para cada uno de los dos en su hermosa DeLonghi, pude ver que en su escritorio tenía tres hojas en las que estaba escrito el mismo nombre de una familia. Yo iba a pedirle asesoría sobre su forma de preparar los casos, quería conocer más a detalle cuál era su manera de construir un plan de acción, así que no me importó ser poco discreto y le pregunté: “¿son estos tres planes posibles para atender a una familia?”. Me miró fijamente mientras me pasaba la taza con lo que parecía un delicioso espresso, se dió la vuelta para tomar su taza, observó por un momento su café, después acercó su nariz mientras cerraba los ojos, bajó la taza un poco y, aún con los ojos cerrados, bebió un trago de su café. Volvió a abrir los ojos, su mirada se clavó en mi y dijo: “Sí, son tres escenarios posibles para la siguiente sesión con esa familia.” Después de decir eso, volvió a tomar de su café mientras caminaba a la silla que ocupaba cuando estaba en sesión.

“¿Siempre hace tres planes para la sesión con cada caso?” Pregunté. Después de hacer una pequeña mueca, algo parecido a una sonrisa algo triste, respondió: “A veces hago más, en raras ocasiones hago sólo uno.”  Pensé que sin querer habíamos llegado justo a eso que yo buscaba ese día. –“¿Cómo hace para llegar a ese plan maestro, al plan exacto para el caso?” Soltó una carcajada y, cuando terminó, me dedicó una amable sonrisa. –“No creo que haya un plan maestro. De hecho, cuando sólo hago un plan, o cuando sólo me planteo un escenario, que es como prefiero pensarlo, me siento con más incertidumbre. Casi nunca se dan los escenarios tal cual los pensé, eso sólo pasa en las ficciones, pero claro que sirven, pues me dan ideas y me ayudan a sentirme preparado. Pero la intervención correcta, esa aparece en el momento, y rara vez es sólo una intervención la que resuelve un caso. Además, muchas veces cuando hago seguimiento y pregunto por aquello que más ayudó a que se resolviera la situación, me dicen algo totalmente distinto a lo que yo esperaba.”

Terminé mi café, le pedí prestados algunos libros y después nos pusimos a conversar sobre nuestras familias.

GLM

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Terapeutas de Cuento XI. ¿Puede cambiar la gente?

Abre la Puerta

He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado eso en terapia. La pregunta muchas veces tiene que ver con una persona que sabe que ha hecho daño porque ha visto el dolor en los ojos de alguien que alguna vez quiso, que quizá todavía quiere. A veces es algo más racional, pues dice que aunque no comparte el mismo punto de vista moral, sabe que para esa persona lo que hizo estuvo mal. También están los que dicen que sus acciones tuvieron consecuencias no esperadas, y que estas no tuvieron nada que ver con sus intenciones. Luego están aquellos que no pueden controlar su forma de actuar, muchas veces por una adicción, otras por un problema de desajuste químico que les fue diagnosticado, otras por un contexto que no les deja salida.

Lo curioso es que esa misma pregunta me la he encontrado en el ámbito empresarial, la mayoría de las veces desde un dueño que pregunta por uno de sus empleados, pero también desde algunos que saben que han tomado decisiones demasiado arriesgadas o que son conscientes de que terminan siendo esa caricatura del empresario rico y la empresa pobre.

Siempre hago una pausa antes de responder. Generalmente les pregunto directamente: “¿tú quieres cambiar?”. Muchas veces terminan las sesiones, ya sean de terapia o asesoría, y término preguntándome yo mismo: “¿quiere cambiar la gente?, ¿puede cambiar la gente?”. Si no creyera que sí, probablemente ya no haría esto. Si yo pudiera cambiar, quizá no vería al siguiente paciente.

GLM

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¿Cobrar por síntoma curado?

Haley

Dejando un poco de lado las dudas epistemológicas sobre si es conveniente decir que se hace terapia y pensar que se cura algo, me parece interesante abordar la sensacional provocación que hace muchos años lanzó Jay Haley: “Un buen terapeuta debería de cobrar por síntoma curado”. La idea pone de manifiesto su postura sobre el nivel de responsabilidad que desde su punto de vista tiene un terapeuta, es el encargado de provocar o favorecer un cambio con una serie de estrategias e intervenciones realizadas en el contexto terapéutico. Si bien es cierto que comparto la idea de que el terapeuta tiene gran parte de responsabilidad en lo que ocurre en el contexto terapéutico, tengo múltiples dudas sobre el cobro por síntoma curado (¿eliminado o diluido?):

  1. ¿Cobramos igual sin importar el tipo de síntoma? ¿Es lo mismo eliminar una adicción, detener ideaciones o intentos de suicidio que detener un problema de enuresis?
  2. ¿Se cobra cuando la cura es evidente para todos?
  3. ¿Quién determinará que el síntoma está curado?
  4. ¿Por qué no cobrar por el impacto de salud provocada? Quiero decir, si uno ayuda que un alto ejecutivo de una compañía venza a la ansiedad que no le permitía tener los mejores resultados, ¿cuánto vale esto para el ejecutivo y la empresa?

Sin duda hay que conversar sobre este tema y sobre el valor de este tipo de servicios. Quizá hay mejores ideas que los que ya trabajamos en esto no vemos de momento, ¿ustedes qué piensan’

GLM

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Terapeutas de Cuento VI. Un Buen Comienzo.

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Usted comprenderá que un ministro de la orden no puede ir con sus colegas a contarle sus problemas, ¿se imagina? Seguramente empezarían a tratarlo a uno de forma distinta, bueno, en realidad eso sería lo de menos, el problema real sería que cometieran la indiscreción de contar EL problema.

– ¿Cuál es el problema?

He perdido la fe. Así de simple y así de complicado. Ya no le encuentro sentido a las escrituras, mucho menos a lo que digo. Además, si de casualidad se me ocurre algo un poco inteligente, luego resulta que ya lo dijo alguien más y de mucho mejor forma. De los ritos mejor ni hablamos, ya ni siquiera puedo fingir entusiasmo, me siento en una mala obra de teatro. ¿Qué hago?

– ¿Qué hacemos? Yo pensaba que la fe mueve montañas…

¡Válgame Dios!

¡Bien! Ese es un buen comienzo…

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¿Reír o Llorar?

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Recuerdo que en la universidad, en prácticas de intervención en crisis, la maestra insistía en que parte importante de nuestra intervención consistía en que hiciéramos llorar al paciente. Yo, que en ese entonces era un poco más terco y combativo que ahora, a lo mejor era la edad, más de una vez armé discusiones sobre el porque sí o porque no era “esencial” que un paciente llorara. Durante varias semanas leía un poco más y de diferentes autores a los que recomendaba la maestra sólo para tener más elementos para poder decir, que aunque pudiera estar “atorada” una emoción, no era indispensable el llanto.

Después, durante la maestría, encontré más elementos y autores para sostener la idea de que no sólo no era indispensable llorar, sino que muchas veces era mejor reír. No en plan risoterapia, pero sí en plan de vamos cambiando lo que parece una tragedia en una comedia, sobre todo si no se podía hacer de la historia una épica.

Una vez terminada la maestría, y con más camino y años recorridos (¿acumulados?), me reconcilié con las lágrimas aunque nunca las hice una parte central del proceso de cambio (todavía no encuentro un término mejor que no sea terapia o consulta). Lo que sí, es que ahora no se trata de reír o llorar, sino de dejar que la expresión de la emoción se dé de la mejor manera que considere el consultante (sigo sin un término más adecuado que no haga referencia a la enfermedad como: paciente). Después de todo, ¿quién soy yo o cualquier otro psicólogo o terapeuta para determinar si el que está en frente TIENE que reír o llorar? Ambas formas de expresión pueden ayudar, ambas son parte de las historias que nos contamos y que somos, y bien vale reír y llorar cuando se siente que eso toca, sea en un contexto de ayuda, en compañía o en soledad. No vaya a ser que nos convirtamos en personajes de poquitas emociones, sin matices o acartonados. Dejémosle eso a los solemnes, o a las figuras públicas que no se pertenecen a sí mismas o que les parece que deben ser así porque nosotros les pertenecemos.

GLM

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Terapeutas de cuento.

Aunque el blog ha sido hasta ahora un espacio de opinión es momento de que le abra un espacio a la ficción. Quizá era algo inevitable que empezara con un cuento sobre terapia, y lo más seguro es que ponga algunos más pues no es tan raro que se me ocurra una historia sobre terapeutas. Lo que es importantísimo decir es que son ficciones, que no tienen que ver con ningún caso que esté llevando, que para hablar de ellos hay que tener un consentimiento escrito y eso probablemente nunca suceda en este espacio, sino en alguno más especializado; ahora sí que cualquier parecido con la realidad (¿alguna realidad?) es mera coincidencia.

 

En ese tiempo todavía creía que las mejores intervenciones eran como estocadas, directas, rápidas, muchas veces inesperadas por el paciente (¿adversario). Así que fui preparando el terreno para lo que según yo sería la pregunta que facilitaría la solución: “¿no será que tus problemas para dormir tienen que ver con tu miedo a enfrentar tus sueños?”. No estaba preparado para su respuesta: “no, a lo que yo le tengo miedo es a despertar a una realidad distinta”. Entonces desperté, ya no pude dormir esa noche, tampoco pude encarar la terapia de la misma manera.

 

GLM

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